El dolor es una de las mayores preocupaciones y el principal agente estresante para los pacientes. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP, por sus siglas en inglés International Association for the Study of Pain) lo define como “una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada con una lesión presente o potencial o descrita en términos de ella”1. El dolor es una experiencia multidimensional, en la que influyen variables tanto objetivas como subjetivas1, variando significativamente entre individuos, incluso ante estímulos aparentemente similares2.
El concepto de fenotipo, definido como el conjunto de características observables mostradas por un organismo, juega un papel fundamental en esta variabilidad. Estas características abarcan desde la composición genética hasta los rasgos psicológicos y conductuales3.
Fenotipos genéticos y dolor: la herencia del sufrimiento
Un factor esencial en la modulación de la percepción del dolor es la predisposición genética. En este contexto, uno de los genes más estudiados es el COMT (gen que codifica para la catecol-O-meltiltransferasa). Esta enzima está involucrada en la degradación de neurotransmisores como la dopamina y la norepinefrina, que desempeñan un papel importante en la modulación del dolor2,4.
La variabilidad de la modulación del dolor por este gen depende del polimorfismo Val158Met, donde la misma posición dentro de la enzima puede presentar una valina o una metionina. Los individuos portadores del alelo Met generalmente exhiben mayor sensibilidad al dolor, aunque un menor requerimiento de opioides para su alivio. Asimismo, la distribución de estas variaciones genéticas es diferente entre etnias, lo que subraya la importancia de considerar la diversidad genética en el desarrollo de estrategias personalizadas para el manejo del dolor2.
Fenotipos sensoriales: desentrañando el perfil somatosensorial
El "fenotipo sensorial", también denominado "perfil sensorial" o "perfil somatosensorial individual", es un concepto crucial en la comprensión y el manejo del dolor, especialmente el dolor neuropático3. Este perfil sensorial refleja cómo el sistema nervioso del individuo procesa los estímulos sensoriales relacionados con el dolor3.
El perfil sensorial puede incluir la presencia de hiperalgesia (aumento de la sensibilidad al dolor ante un estímulo doloroso), alodinia (dolor provocado por un estímulo normalmente no doloroso) y pérdida sensorial (disminución o ausencia de sensibilidad)3.
Para determinar el perfil somatosensorial de un individuo, se utilizan las pruebas sensoriales cuantitativas (QST, de sus siglas en inglés Quantitative Sensory Testing). Estas pruebas utilizan estímulos sensoriales calibrados y aplicados sistemáticamente para evaluar la función sensorial de diferentes tipos de fibras nerviosas. Permiten cuantificar tanto la pérdida de función (hipoestesia), como el aumento de función (hiperalgesia o alodinia), así como la sumación temporal alterada (aumento del dolor con estímulos repetitivos)3.
Comprender el perfil somatosensorial permite identificar las causas de la experiencia del dolor del paciente, ya que pacientes con perfiles diferentes pueden responder de manera distinta a los tratamientos. Por ejemplo, aquellos pacientes con predominio de pérdida sensorial podrían responder mejor a los opioides, mientras que aquellos con hiperalgesia térmica o mecánica podrían responder mejor a otros fármacos como carbamazepina y pregabalina o lidocaína y lamotrigina, respectivamente3.
Fenotipos psicológicos y conductuales
La percepción del dolor es una experiencia rica y multidimensional que va más allá de la simple detección de un estímulo nocivo1, construyéndose a través de procesos y experiencias individuales y sus interpretaciones5. En este contexto, los factores psicológicos y conductuales desempeñan un papel crucial en cómo un individuo experimenta y afronta el dolor6. Algunos de estos factores clave en la percepción del dolor son los siguientes:
- Catastrofización del dolor: consiste en la tendencia a magnificar la amenaza del dolor, rumiar sobre las sensaciones dolorosas y sentirse indefenso para afrontarlo6,7. Esta catastrofización se relaciona con una mayor sensibilidad al dolor, así como una mayor discapacidad y peor funcionamiento físico7.
- Síntomas y conciencia somática: la conciencia somática se refiere a la percepción e interpretación de la información proveniente de los sentidos y la propiocepción, es decir, cómo un individuo nota y da significado a su propio cuerpo. Esta característica se ha asociado con una mayor prevalencia y riesgo de aparición inicial de condiciones de dolor musculoesquelético4.
- Trastornos del estado de ánimo: la presencia o el desarrollo de trastornos del estado de ánimo puede influir de manera significativa en la percepción del dolor. De hecho, en pacientes posquirúrgicos, la ansiedad y la indefensión causadas por el dolor son variables que condicionan la percepción del mismo de manera significativa1. Hay que tener en cuenta que la relación entre el dolor y este tipo de alteraciones del estado del ánimo es bidireccional, ya que el dolor crónico puede generar reacciones emocionales como síntomas depresivos, ansiedad o rabia que pueden a su vez magnificar el dolor6.
- Estrategias de afrontamiento del dolor: son los esfuerzos cognitivos utilizados para enfrentar las demandas excesivas. Incluyen estrategias cognitivas como desviar la atención, reinterpretar sensaciones, autoafirmación, ignorar el dolor, rezar o tener esperanza, y catastrofizar. Las estrategias utilizadas por cada paciente para lidiar con el dolor pueden determinar el estado mental y la capacidad para realizar tareas cotidianas6.
- Cogniciones relacionadas con el dolor: las interpretaciones y creencias sobre el dolor son factores cognitivos que actúan en el proceso de cronificación. En este campo se incluyen el significado atribuido al dolor, creencias irracionales, pensamientos negativos, grado de control percibido, expectativas de autoeficacia, patrón de atención, percepción de apoyo social y temor al dolor. Actitudes como las expectativas de autoeficacia, es decir, la percepción de la capacidad para controlar o minimizar el dolor, así como el optimismo sobre la recuperación, se asocian con niveles menores de la intensidad del dolor6.
Los rasgos de la personalidad en la percepción del dolor
Los rasgos de la personalidad son otra de las fuentes de las diferencias individuales que pueden influir en la experiencia del dolor. Así, el modelo de los “Cinco Grandes” (Big Five) es un marco de personalidad ampliamente utilizado que incluye extraversión, neuroticismo, amabilidad, responsabilidad y apertura8.
La extraversión se define por la sociabilidad, la asertividad y la expresividad emocional. Estas actitudes podrían mejorar los mecanismos de afrontamiento y reducir la intensidad del dolor percibido9. Sin embargo, los resultados de algunos estudios parecen sugerir que esta asociación podría no ser tan sencilla, ya que este tipo de personas presentaron mayor tolerancia al dolor por presión, pero mayor sensibilidad al dolor por frío8.
El neuroticismo, en cambio, refleja la inestabilidad emocional, el control de impulsos y la ansiedad, así como una predisposición al afecto negativo8. Este rasgo a menudo se asocia con una mayor sensibilidad al dolor y umbrales de dolor más bajos8,9.
Para el resto de rasgos de la personalidad, no parece haber diferencias significativas en su tolerancia y percepción del dolor8,10. Sin embargo, se ha sugerido que la apertura puede aumentar el uso de estrategias de afrontamiento8, la amabilidad podría influir en las estrategias de afrontamiento interpersonales y la responsabilidad puede mejorar la adherencia a las intervenciones9.

Factores demográficos y socioeconómicos: el contexto del dolor
Más allá de los factores psicológicos y genéticos, puede haber otras características del paciente que influyan en su percepción del dolor:
- La edad puede influir en la percepción del dolor, de manera que ésta disminuye con la edad. Diversos estudios han encontrado que la percepción del dolor parece menor en personas mayores, lo que sugeriría que las funciones de alerta temprana del dolor podrían deteriorarse ligeramente con la edad1.
- El sexo también puede condicionar el dolor, siendo las mujeres las que refieren un mayor dolor. Esta diferencia podría deberse a que los niveles hormonales tienen un impacto significativo en la percepción del dolor1. Hay que tener en cuenta que el sexo influye en la expresión genética y, por tanto, interactúa con factores genéticos y ambientales que pueden modificar la susceptibilidad al dolor4.
- La raza o la etnia también pueden influir en la percepción del dolor, afectando de manera desproporcionada a las minorías raciales11. En concreto, los afroamericanos presentan una mayor sensibilidad al dolor, con umbrales y tolerancia más bajos, así como una mayor sumación temporal12. Estas diferencias parecen no deberse únicamente a factores genéticos asociados a la raza, sino que también contribuyen factores psicosociales como las estrategias de afrontamiento del dolor y la discriminación percibida12.
- El nivel socioeconómico se ha ligado históricamente a la exclusión sistémica y la desventaja social, considerándose un factor sociocultural que puede afectar a la sensibilidad al dolor13,14.
Conclusiones
La experiencia del dolor no es uniforme entre diferentes individuos, sino que está profundamente influida por una compleja interacción entre factores genéticos, sensoriales, psicológicos, conductuales y socioculturales. El concepto de fenotipo, en sus distintas dimensiones, permite entender por qué dos personas pueden percibir y responder de forma radicalmente distinta ante el mismo estímulo doloroso.
Los fenotipos genéticos, como las variantes del gen COMT, contribuyen a determinar la sensibilidad individual al dolor y la eficacia de ciertos tratamientos analgésicos. A su vez, los perfiles sensoriales permiten personalizar el abordaje terapéutico en función del procesamiento nervioso del dolor en cada paciente. Además, los factores psicológicos y los rasgos de personalidad inciden tanto en la percepción como en la cronificación del dolor, condicionando las estrategias de afrontamiento y la respuesta emocional.
Factores como la edad, el sexo, la raza y el contexto socioeconómico también modulan la experiencia del dolor, muchas veces a través de mecanismos complejos en los que interactúan biología y entorno. Esta variabilidad pone de manifiesto la necesidad de adoptar un enfoque multidimensional y personalizado para la evaluación y el tratamiento del dolor, reconociendo la singularidad de cada paciente.
Comprender el dolor desde esta perspectiva fenotípica no solo permite avanzar hacia una medicina más precisa y eficaz, sino que también favorece un abordaje más empático, humano y adaptado a las verdaderas necesidades de quienes lo padecen.
Autores
- Cayetano Naranjo; Biólogo Molecular y divulgador científico
