La compleja conexión inflamatoria de la fibromialgia
La fibromialgia (FM) es una compleja afección crónica y con frecuencia debilitante que se caracteriza principalmente por un dolor musculoesquelético generalizado, acompañado de hiperalgesia (aumento de la sensibilidad al dolor) y alodinia (dolor provocado por estímulos que normalmente no son dolorosos). Además de estos síntomas, que son los más frecuentes, las personas con fibromialgia pueden experimentar una intensa y persistente fatiga, trastornos del sueño y disfunción cognitiva (a menudo denominada «fibroniebla»), junto con otros síntomas físicos.1
La fibromialgia afecta predominantemente a mujeres, con una prevalencia que varía entre el 0,2% y el 12% de la población general. El diagnóstico y clasificación de la fibromialgia sigue mostrando hoy en día dificultades. A menudo se la considera como un trastorno del procesamiento central del dolor1,2. Debido a la ausencia de biomarcadores y signos diagnósticos claros, la FM es tratada como una realidad médica inexplicable y su fisiopatología sigue siendo controvertida y objeto de debate.3
Afortunadamente, investigaciones recientes comienzan a aportar datos sobre esta misteriosa enfermedad, revelando una compleja combinación de factores fisiopatológicos, como la predisposición genética, los estresores vitales y los factores cognitivos y emocionales3. Además, hay suficiente evidencia acumulada para sugerir un papel fundamental de la inflamación y la disregulación inmunológica, lo que ha abierto un debate sobre si la fibromialgia debiera considerarse una enfermedad autoinmune.1,3,4
El enigma de la fibromialgia
Los criterios diagnósticos establecidos en 1990 por el Colegio Americano de Reumatología (ACR) determinaban criterios centrados exclusivamente en la presencia de dolor generalizado durante más de tres meses, con sensibilidad a la palpación en al menos 11 de 18 puntos específicos5,6. Estos criterios adolecían de un enfoque limitado al dolor, ignorando otras características de la FM, lo que excluía al 46% de los pacientes6. Por ello, los criterios fueron revisados por la ACR en 2010 para incluir la fatiga y otros síntomas funcionales, pasando a considera la FM como “una enfermedad sistémica basada en síntomas”5,7,8. Una nueva revisión de 2016 consolidó la combinación del índice de dolor generalizado y la escala de gravedad de los síntomas.9,10
A pesar de todos estos avances, el diagnóstico de la FM sigue siendo un desafío, con frecuentes situaciones de infradiagnóstico, sobrediagnóstico o diagnóstico erróneo, lo que agrava la carga de la enfermedad, afectando negativamente la calidad de vida de los pacientes.3
El dolor en la FM se clasifica ahora como dolor nociplástico, un tipo de dolor que resulta de una nocicepción alterada a pesar de la falta de evidencia clara de daño o amenaza de daño tisular real, o de enfermedad o lesión del sistema somatosensorial. Esta nueva conceptualización subraya que el sistema nervioso central es la fuerza impulsora detrás de este mecanismo de dolor, manifestándose como dolor generalizado, fatiga, trastornos del sueño, memoria y estado de ánimo.3,8
La hipótesis de la autoinmunidad
Uno de los argumentos más convincentes para considerar la FM como un trastorno autoinmune es su frecuente coexistencia con otras enfermedades autoinmunes establecidas11. La evidencia muestra que la prevalencia de la FM es significativamente mayor en pacientes con artritis reumatoide (9-30%), espondiloartritis axial (4-25%), lupus (6,2%) y síndrome de Sjögren (15%), en comparación con la población general (1,5-2%).2,8,9
Esta interconexión no es simplemente estadística y los estudios revelan que los pacientes de enfermedades autoinmunes suelen presentar una mayor incidencia de depresión y síntomas parecidos a los de la fibromialgia. Por el contrario, las personas con fibromialgia suelen presentar anomalías demostrables en el sistema inmunitario, como la alteración de los perfiles de citocinas, lo que sugiere que las vías biológicas se superponen. Estas vías incluyen la inflamación crónica, la desregulación inmunológica y los desequilibrios neuroquímicos, sugiriendo un vínculo entre la fibromialgia, la depresión y las enfermedades autoinmunes como una tríada de enfermedades interconectadas.11

Los autoanticuerpos, una evidencia crucial
La evidencia más revolucionaria de la base autoinmune de la fibromialgia proviene de diversos estudios en los que se consiguió la transferencia de síntomas de fibromialgia en ratones a los que se había inyectado inmunoglobulina G (IgG) del suero de pacientes con FM. Los ratones que recibieron este suero desarrollaron hipersensibilidad sensorial, mayor sensibilidad a la estimulación mecánica y fría y debilidad muscular, síntomas similares a la FM en humanos3,12. Esta sintomatología desapareció al reducir los niveles de IgG humana, lo que sugiere la presencia de autoanticuerpos en el origen de esta enfermedad.13
Sin embargo, existe una alta variabilidad en los niveles de autoanticuerpos entre los pacientes con FM, lo que podría facilitar la clasificación en subgrupos de pacientes.8,10
Un sistema inmunitario claramente desregulado
Los pacientes de FM presentan anomalías del sistema inmunitario, lo que refuerza la hipótesis del origen autoinmune de esta enfermedad.4
En los pacientes con FM se observan con frecuencia niveles elevados de citocinas (proteínas de señalización que regulan la inmunidad y la inflamación), como la interleucina-1 beta (IL-1β), IL-6, IL-8, IL-17A, el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α) y el interferón gamma (IFN-γ)4,8. Estas citocinas contribuyen a la sensibilización neuronal, haciendo que las neuronas sean más excitables y desregulando el complejo sistema nociceptivo.3,13
Los estudios también han encontrado implicación de células inmunes específicas. Por ejemplo, en los pacientes con FM se ha evidenciado un aumento de las células B que expresan receptores mu-opioides8. También se ha demostrado la implicación de linfocitos T capaces de producir altas cantidades de proteínas proinflamatorias1,7,8. Además, recientemente se ha comprobado que los neutrófilos se infiltran en los ganglios sensoriales y median el dolor generalizado en la FM, algo que podría abrir puertas a nuevos tratamientos.2,11
En este contexto, ha llamado la atención de los investigadores la conexión entre la microbiota intestinal y la FM. Algunos estudios han demostrado que el trasplante de microbiota fecal de pacientes con FM a ratones induce hipersensibilidad al dolor, que se asocia con un aumento de citocinas proinflamatorias y la activación de monocitos y linfocitos.4,6
Además, neuroinflamación
La neuroinflamación, que hace referencia a la inflamación en el sistema nervioso central, es otro mecanismo clave en la fisiopatología de la FM1. La activación de las células gliales (microglía y astrocitos, células inmunitarias del SNC) en el SNC de pacientes con FM es un factor determinante. Esta activación conduce a la liberación de citocinas proinflamatorias (IL-1β, IL-6, IL-8, IL-10, TNF-α…), que exacerban la sensibilización central y contribuyen a la "fibroniebla".4,8,11
Además, en los pacientes con FM, la neuroinflamación se entrelaza con el estrés oxidativo y la disfunción mitocondrial, y este nivel inflamatorio se correlaciona con el dolor percibido.4,6
También intervienen otros factores
Los investigadores han encontrado una cierta predisposición genética de padecer FM. En concreto se han encontrado alteraciones en genes relacionados con la inmunidad, además de algunos mecanismos epigenéticos. Todos ellos parecen alterar la expresión genética de los mecanismos de regulación de las vías inmunológicas que contribuyen al desarrollo de FM.4,6,7
Otro factor implicado es el estrés crónico que es un desencadenante frecuente de la FM ya que puede activar la neuroinflamación y alterar la respuesta inmunitaria. Se ha demostrado que el estrés está vinculado al inicio o la exacerbación de diversas enfermedades autoinmunes. Esta interconexión entre el estrés y la autoinmunidad proporciona un marco para entender cómo los factores psicosociales pueden influir en la biología de la FM.6,8,12
También se ha encontrado que la neuropatía de fibras pequeñas (NFP), una anomalía estructural de las fibras nerviosas pequeñas con degeneración de las terminaciones nerviosas distales, está presente en un porcentaje significativo de pacientes con FM (30-76%)4,5,12. Hoy en día se admite que la NFP en la FM es de naturaleza autoinmune y se ha sugerido que la NFP podría ser un desencadenante periférico de la sensibilización central, reforzando así el dolor, o bien una consecuencia de la neuroinflamación en el SNC.3,5
Otro factor sugerido en la patogenia de la FM son ciertas infecciones, tanto virales como bacterianas, que pueden actuar como desencadenantes de la FM al activar el sistema inmunitario. En particular, la infección por SARS-CoV-2, causante de la COVID-19, se ha relacionado con un aumento de la incidencia de FM y síntomas similares a la FM en el contexto del “COVID persistente”. Esto ha reavivado la hipótesis de una patogénesis infecciosa que, a través de la activación inmunitaria, podría precipitar o desenmascarar la FM en individuos susceptibles.8,13
El potencial de cambiar la enfermedad
El posible origen autoinmune de la FM abre la puerta a la búsqueda de biomarcadores específicos en la fibromialgia, algo crucial tanto para el diagnóstico como para el desarrollo terapéutico. En concreto la investigación se centra en la identificación de autoanticuerpos, perfiles de citocinas específicos y otros marcadores relacionados con el sistema inmunitario (como la actividad plaquetaria de serotonina) como posibles biomarcadores de la fibromialgia.3,4,13
Si la hipótesis autoinmune se consolida, las terapias dirigidas al sistema inmunitario podrían revolucionar el manejo de la FM. Estas terapias buscarían modular la producción de anticuerpos, reducir los autoanticuerpos circulantes o inhibir la activación nerviosa anormal7,8,11. Además, la identificación de subgrupos de pacientes con FM basados en sus perfiles inmunológicos y neuroquímicos permitirá un enfoque de tratamiento más personalizado y eficaz.4,7,8,11
En la actualidad están ganando interés las modificaciones dietéticas como un componente clave para el manejo de la FM. En concreto, las dietas antiinflamatorias (como la dieta mediterránea, FODMAP bajo o sin gluten…), buscan modular la microbiota intestinal, reducir la inflamación y corregir posibles deficiencias nutricionales que pueden contribuir a los síntomas.4,8
Conclusión
Hoy en día, la fibromialgia está dejando de ser una enfermedad misteriosa, ya que las investigaciones recientes están revelando que se trata de una condición con bases biológicas identificables, en la que los componentes inflamatorios y autoinmunes desempeñan un papel crucial. La evidencia de vínculos epidemiológicos con enfermedades autoinmunes, la presencia de autoanticuerpos patógenos capaces de inducir síntomas de FM en modelos animales, y la clara disregulación inmunológica e inflamatoria son argumentos sólidos a favor de esta hipótesis2–4,8. Además, la influencia del estrés, las infecciones y las anomalías en la neuropatía de fibras pequeñas refuerzan la visión de la FM como una entidad multifactorial con profundas raíces en la neuroinmunología.
Estas investigaciones recientes han supuesto un cambio paradigmático en la comprensión de la FM, sin embargo, el debate sobre su clasificación definitiva como enfermedad autoinmune aún no está resuelto. A pesar de ello, este nuevo enfoque no solo valida la experiencia de los pacientes, también orienta la investigación hacia el desarrollo de biomarcadores más precisos y terapias innovadoras y dirigidas que, al abordar los mecanismos inmunológicos subyacentes, puedan ofrecer una esperanza real para mejorar la calidad de vida de las personas afectadas por esta compleja y misteriosa enfermedad. La ciencia demuestra que la fibromialgia no es sólo una somatización exacerbada, es una enfermedad multifacética compleja que requiere más investigación para poder ofrecer tratamientos verdaderamente efectivos.
Autores
- Cayetano Naranjo; Biólogo Molecular y divulgador científico
